Crónicas Ausentes

7 noviembre, 2018

Por Lenin Torres Antonio

Esperemos la rebelión de los espíritus y no de la política

A propósito de la vuelta a sí mismo como la única posibilidad de la comunión

México, un país donde Buñuel se sentía cómodo, su arte encontraba un lugar para el ensayo, la realidad mexicana le suministraba plasticidad, contradicción, originalidad, sin vericuetos conceptuales para describir la naturaleza humana. En Los olvidados llegó a utilizar actores principales a jóvenes que jamás en sus vidas habían estudiado actuación; en esa película actuar era vivir, reproducir una realidad de sobra conocida. Pero hoy en día, esa realidad que describe el filme de Buñuel se reproduce por doquier y nos hace sentir que las cosas no han cambiado mucho, dado que los recursos civilizatorios, la racionalidad y el sentido comunicativo, han fracasado para llegar a consensos y a puntos de encuentros tolerables entre los hombres. Sólo el recurso a la fuerza paradójicamente es lo que ha posibilitado la emergencia de la verdad y el lazo social, Los Jaibos son la única verdad.

Esa cultura surrealista, donde lo verdadero se presenta como lo falso y lo falso como lo verdadero, donde la legalidad habla sorda y muda sin poder legitimarse, donde la política es elemental y débil para construir instituciones públicas sólidas y actuales, y así como discursos comunitarios en lugar de monólogos, que entrampa el desarrollo humano, y el proceso civilizatorio encuentra su límite.

La violencia, la decadencia de la política cuestionan la civilidad misma, y la capacidad de regeneración. No esperemos que sea la misma violencia y la entropía las que permitan un nuevo orden social.

Apostemos a que sea la misma política el instrumento público que nos dé la posibilidad de un cambio sin dolor.

Pero parece que el México bronco puede resurgir por dondequiera, donde menos lo esperemos, sin consignas, ni ideología, simplemente de la misma pulsión original, el gusto por agredir.

Creo que los muchos que aguardaron que la única vía para el cambio social era la respuesta bronca de la izquierda obradorista, que actuaría tomando carreteras, haciendo plantones, en fin, la expresión de la violencia como respuesta al fin del diálogo, el silencio del monólogo y la reyerta populista, pero no fue así, el paso se dio como en los viejos tiempos de la dictadura perfecta, con la simple retórica política, la diatriba como lenguaje racional, y el Ello, se quedó esperando nuevos conceptos, interlocución racional para generar un nuevo estado de cosas, la transición parece que no sitúa en el mismo lugar, con la misma gente, en la misma lucha, en la misma mentira como verdad.

Por lo que creo que el germen de un movimiento emancipador no provendrá de las ideologías ni de la política, sino del retorno de lo reprimido, lo que facilitará la emergencia de un nuevo ente social. Las predicciones revolucionarias marxistas, el fin de la lucha de clases esperarán en la eternidad, pues será el agotamiento del pensamiento único legitimador y la lectura pobre del hombre racional y correcto lo que posibilitará que la pulsión se abra paso entre las ruinas de la civilización occidental y la nostalgia del Dios hebreo el Golem que sin pronunciarse asuma la potestad sobre la vida terrenal.

Dejemos que los mortales continúen en su diálogo de sordos, y que la certeza exija más letra, porque lo primario, la desconfianza y el ego son inagotables.

México es el síntoma más evidente de la decadencia de Occidente, porque llegamos tarde al reparto de las luces de la Ilustración. Cuando se aferran desesperadamente Europa y Estados Unidos a las tenues luces de la Ilustración, nosotros estamos en los inicios de la Ilustración, continuamos hablando de transición, de reformas democráticas, del fortalecimiento de un Estado de Derecho, por cierto, ciego, de ciudadanización, etcétera, habitamos en un doble discurso, una doble realidad, en una constante denegación. Nietzsche se sentiría a gusto analizándonos, pues la transvaloración encontraría su mejor expresión y la rebelión de los ascetas su mejor ejemplo.

Teníamos expectativas de culminar el proceso civilizatorio y llamarnos ahora sí modernos. Pero no sucedió nada nuevo, sólo el eterno retorno de más de lo mismo, y no hablo de la compra de votos, ni del financiamiento ilegal, ni de la retórica populista, ni de la ceguera ante los muertos, sino de la pobreza de nuestra sociedad en su conjunto, incapaz de verse de frente con la verdad; hablo del instinto primario que nos habita a cada uno de nosotros y que no permite ver al otro más que con violencia y discriminación. Algunos llaman a esto pobreza espiritual, por lo que ser mexicanos significa, seres con sentimientos inferiores, recordando con esto a Samuel Ramos y Octavio Paz.

Y ese sentimiento de inferioridad, de abandono, de confusión del sí mismo de cada uno, demanda una profilaxis mental, un análisis de uno mismo, autoanálisis, retornar por los mismos pasos que te llevaron a lo actual, y volver a recorrer en sentido contrario de más a menos, de menos a más, los momentos significativos, las impresiones avasalladoras que permitieron los giros hacia otras experiencias humanas, estacionarse en una creencia, para después abandonarla, e instalarse en otra imprevisible, incognoscible, volver a repetirla infinitamente, volver por los senderos conocidos una y otra vez, y no obstante, volver a desconocerlos, y perderse, o apoderarse del más próximo como si fuera exclusivo y primero; e ignorar que es el de siempre, la pulsión inagotable, la vuelta a lo infinito, a la eternidad en las olas protectoras del vientre materno.

Reconocerse en el otro, fuente de la diferencia y la identidad, saltar del monologo y expandirse en la mirada esclavizante del conspicuo y dominante, alejarse por precaución, y permitir por un instante estar en el otro, un otro que pronto es atrapado por la mirada del otro de uno mismo, a quien pretendió ver-lo, devorarlo para confirmarse, confirmación vital y mortífera que en el instante de mirar eres mirado, pero sólo así es posible conocer al otro, hermanarse, y salvarse de la singularidad mortal de la soledad, y hacer comunión, y ahora sin saber quiénes somos.

Otrora vivir en sociedad cuando menos era algo que nos acercaba; ahora entre más cerca creemos estar, más lejos nos sentimos; así que esperemos la rebelión de los espíritus y no de la política.