Geopolítica

14 mayo, 2018

Por Jorge Miguel Ramírez Pérez

Cambiar el Régimen. Propuesta Central de Anaya

Lo que necesita México de una vez por todas es un cambio de régimen, como lo sintetizó meridianamente Jesús Ortega en una reunión política reciente en el norte del país. Un cambio definitivo del sistema político extremadamente presidencial, acaparador y en extremo centralizador, por uno de ciudadanos mayores de edad que asumen responsabilidades.

Lo demás es un acto de fe en una persona. Es inadmisible. Así llevamos más de doscientos años, de un cacique a otro cacique.

Y es el Frente que encabeza Anaya el único que trae ese proyecto de cambio de régimen en verdad cualitativo. Un salto hacia adelante es lo que hace falta. Volver a repetir la primaria porque después de varios lustros me acuerdo, que la debí haber hecho mejor, es una salida idiota. No se puede regresar a un pasado que no existe.

De los cinco, solo Anaya trae proyecto. El de un gobierno con rumbo, uno estable con participación real de las estructuras políticas del país. Un gobierno que no dependa del humor del ejecutivo, o de sus ayudantes en Los Pinos o en Palacio Nacional, o de la secretaría de Gobernación, como quieren los demás.

Anaya quiere un gobierno real. Involucrando al Congreso y recreando una coalición de fuerzas para transformar razonadamente el país, con legitimidad; no solo con una legalidad formalista que a nadie convence, como le ha hecho el PRI por décadas.

El gobierno de coalición es novedoso, aunque no le entienden los que tienen la mente esclavizada a pensar solamente en la opción única de un buen o mal tirano. Los que han nacido esclavos del autoritarismo, no pueden pensar en libertad: es un pecado político mortal.

Por eso los comentaristas del viejo régimen se resisten a la innovación, no la entienden, nacieron con cadenas. De muchos, sus cadenas ya son de oro, pero se les dificulta siquiera pensar en lo que Anaya dice: darle juego efectivo y constructivo al congreso. Hacer de un club inútil que es caja de resonancia del Presidente-cacique, nunca siquiera caudillo; algo eficaz para la gobernanza.

Por eso se enojan que Anaya no les de nombres de los miembros del gabinete, como si los hombres con su solo nombre, transformaran. Es la creencia de los tiranos.

Equivocan la política con la teología, la pretensión es absurda. Los hombres de la política muchos valen, pero destacan cuando el sistema o su modelo racional es eficaz y eficiente; hasta los que no valen, sirven, si el sistema funciona.
El sistema que tiene México simplemente ya está agotado, muy remendado y no se ha muerto, porque geopolíticamente lo mantienen con respiración artificial. ¿La prueba de su decadencia? está a la vista con su peor engendro: la religión política del obradorismo. La intolerancia fanatizada de los salafitas, personificada en México, en un perico de palenque.

Los demás también son rabiosamente presidencialistas, son productos defectuosos dela vieja política vernácula, la que empezó a fallecer en 1968: Meade como econometrista del ITAM para adecuar cifras en los informes financieros internacionales y seguir endeudando a México.

El Bronco Rodríguez que recuerda a los caciques del siglo XX, hombre de horca y cuchillo. Me lo imagino como secretario particular de Gonzalo N. Santos. Hay que regresarlo a Apodaca. Y está Margarita Zavala, la defensora a ultranza del caprichoso gobierno de su marido. Trae como proyecto la filosofía de convertirse en la mamá de los pollitos.

Porque no es con la voluntad de un solo hombre, como alegaba Hitler y como Obrador le hace una tardía segunda, como se resuelven los rezagos, las irracionalidades y las prácticas corruptas que hartan a los verdaderos ciudadanos.

Es con un nuevo régimen de coalición en donde se van a construir acuerdos consensados donde se va a producir el cambio. Un cambio sin violencia, donde la racionalidad y las prioridades son útiles. Un cambio sin contradicciones y sin mañosos o iluminados ignorantes.

Un cambio que sepulte después de décadas, los totalitarismos simulados que hemos padecido y las equivocaciones del presidencialismo. Costos que por uno, tienen que pagar millones. Nunca más.