Al fin, descanso en paz Luis Eduardo Aute

abril 4, 2020

México/Notimex. Bueno, si alguien se sienta a escribir un libro como Animal (Ediciones Detursa, Madrid, 1994), que incluye un centenar de poemas que luego musicaliza y aparte se dibuja una veintena de boligrafías, no tengo sino que guardarle respeto, admirado respeto. Porque, a diferencia de sus otros trabajos compositivos, en éste decidió laborar a la inversa: no componer letras para ajustarlas a la música, sino esta vez la música se adaptaría necesaria e irremediablemente a las letras, que fueron pensadas, en un principio, como poemas autónomos, sin música, no como canciones sino como textos libres, sin el respaldo de la música. 

Esto hizo Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas, 13 de septiembre de 1943 / Madrid, 4 de abril de 2020) con su sorprendente Animal, un libro de arte complejo y extraño, mas deliciosamente sonoro pese a su instrumentación no convencional e incluso concreta, la cual se la percibe como un ejercicio gozosamente experimental. Y si bien todos los trabajos de Aute no son artificiosos, ni poseen esa búsqueda del arreglo radiofónico (que es decir excesivamente audible), en Animal la situación es extrema: ahí predomina el sentido poético, la profundidad de las palabras, el salvajismo literal, no la comodidad de los tonos, no el desahogo rítmico, no el aturdimiento de la reiteración. Animal es un disco excepcional por su carácter escandalosamente literario, ¿o cómo puede usted explicarse que un poema como “Desiderátum”, que a la letra dice:

      Con el firme Deseo de asumir y consumir

      mi nuevo Destino

      de ciudadano Desorientado,

      Desmotivado,

      Desengañado,

      Desvanecido,

      Desintegrado,

      Desideologizado,

      Desnaturalizado,

      Desfallecido,

      Desclasado,

      Deshabitado,

      Despolitizado,

      Despedido,

      Descafeinado,

      Desdramatizado,

      Deshidratado,

      Descreído,

      Desencantado,

      Desmitificado,

      Desmembrado,

      Desvalido,

      Desvergonzado,

      Desanimado,

      Desdeñado,

      Desvaído,

      Descolocado,

      Desarticulado,

      Desbordado,

      Desteñido,

      Desaliñado,

      Desorganizado,

      Despistado,

      Desmentido,

      Desangelado,

      Desdemoniado,

      Deshumanizado,

      Destruido

      y Desnudo de Historia,

      al fin, Descanso en paz?

      … sea correctamente musicalizado convirtiendo lo intrincado en una materia sensible, bella, asombrosamente accesible?

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Los poemas que Aute ha escrito en Animal son, aute todo (perdón: ante todo), un juego lingüístico…

      Sentir

      que me deseas

      en lo más profundo de ti…

      es

mi más profundo desespero parecieran, todos, estar armados de una coraza de impugnación, de un humor violentado, de un intenso despojo de creencias milenarias…

      Huyamos, vida

      lejos del mundo y sus pompas

      fúnebres.

Pero es esta precisamente aparente desconjunción de las cosas, esta aparente disimilitud entre poema y canción, donde reside el trascendente vigor de la obra de Luis Eduardo Aute: las canciones populares no tienen por qué ser como lo reglamentan los empresarios discográficos, no tienen que ser concebidas como volátiles mercancías de supermercado, no tienen que ser prontamente olvidadas, ni ser forzosamente memorizables.

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La canción no es como dicen los negociantes que debiera ser: la canción puede contener una letra poéticamente no asimilable pero, por qué no (¿quién diablos lo va a impedir?), alegremente interiorizada:

      Por tus pupilas

      supe que eras

      tú

      al verte viéndome mirarte

      a través de esos diminutos círculos

      vacíos, idénticos

      a todos los diminutos círculos

      vacíos de todos aquellos ojos que no son tú.

Por algo, Antonio Escohotado (Madrid, 1941) apunta en el breve prólogo del libro: “Es costumbre separar el lenguaje y la música como si fuesen cosas enteramente distintas; y también es habitual separar con todo cuidado la idea de la imagen. Pero esas compartimentaciones vienen de nuestra tendencia a entender desintegrando, un procedimiento canonizado con el nombre de análisis, en cuya virtud las cosas descubren su realidad cuando son partidas en trocitos cada vez más pequeños. Esto lo hacemos con una piedra, una planta, un insecto o un reloj, aunque nunca acabamos de hallar el tipo último o definitivo de trocito, y, cosa aún peor, nos vemos en graves dificultades para reunir de nuevo lo disociado; tras su disección, ni la planta ni el insecto ni el reloj funcionan ya, qué pena”.

Esto es lo que va a encontrar, dice Escohotado, el lector con las páginas del libro musical de Aute: a un literato placentero que disecciona la canción pero que, a diferencia de la planta que no sirve, o del reloj que no funciona, las canciones asombrosamente, ya diseccionadas (es decir: con su letra autónoma y la milagrosa música de soporte), siguen funcionando a la perfección.

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Las páginas de Animal, dice Escohotado, “las ha escrito en buena medida un mutante, que funde palabras con notas y visiones, como un sonámbulo guiado por la vitalidad de su universo. No hay manera de decir aquí sin constatar que también allí, ni ahora alguno que no sea un siempre, o viceversa. En vez de seguridades hay fulguraciones, en vez de gravedad hay helio, y en vez de sólidos regulares hay objetos que estallan en constantes oquedades y protuberancias. Historias infinitas ocurren en áreas finitas (poniendo en entredicho aquello de A=A, o que la recta sea la distancia más corta entre dos puntos), pero eso no es todo; de parte a parte, un espíritu libre hace lo que le sale en gana. No es cosa que se vea todos los días”.

      Razón tiene Escohotado: no es cosa de ver todos los días, en la música popular, tal habilidad e independencia. Apoyado en la veteranía de Suso Saiz (España, 1957), Aute grabó este desconcertante, mas bellamente concertado, compacto, de sonoridades exploratorias y ferocidad sonora. No todos los poemas son musicalizados, ciertamente:

      El amor nos hace amortales.

      Amorir sería el verbo de la carne.

      De la muerte del amor

      nace el amor a la muerte.

      Y Dios creó a la mujerte.

      La muerte, ávida

      de vida,

      no te olvida.

      En el juego del amor

      se con-juga

      el jugo de la vida

      y de la muerte

pero en todos ellos cabe la posibilidad de la música. Porque para el buen cantor, y sin duda Aute lo es (me niego a decir lo fue), todo poema conlleva una música interior: sólo es cuestión de saberla descubrir o, mejor, traducir. Y dentro de sus diversos oficios (dibujante, cineasta, poeta, músico, ninguno por encima del otro, si bien el del músico es su disfraz más visible), el de la música es el que le ha permitido consentirse en los otros.

A mí me gusta más sugerir que subrayar ?ha dicho Aute?, y esto en todos los aspectos de la vida. No sé, pienso que se trata tal vez de un problema de temperamento, pero lo cierto es que prefiero trabajar dentro de la ambigüedad, de la sugerencia.

 Y Animal es eso: una insinuación a la poética revestida de ensayo musical, la poesía alterando el orden de la música, no al revés; la poesía imponiendo su investidura: el poema (“poemitas”, los llama Aute) no tiene ninguna obligación de ajustarse a la música si así lo desea, pero el poema sí puede obligar a la música a ajustarse a su organización silenciosamente sonora:

      Y aquí andamos,

      animales amortales,

      todos montados y dando vueltas

      sobre un globo enorme y azul

      suspendido en el espacio, girando

      y girando sobre sí mismo al mismo tiempo

      que gira alrededor de otro globo

      mucho más enorme y de fuego

      que también gira y gira suspendido

      en el espacio que se expande

      y gira y gira y gira.

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Lamentablemente ?para el espectador? o afortunadamente ?para Aute?, Aute grababa un disco de vez en siglos (y por supuesto ninguno más luego del derrame cerebral que sufriera en 2016, por lo que el último disco suyo es una grabación en vivo con dos discos: De la luz y la sombra, de noviembre de 2018, que se suma a la treintena de trabajos discográficos a lo largo de su victoriosa trayectoria que comenzara con “Rosas en el mar”, misma que popularizara la madrileña Massiel, ahora con 72 años de edad, a finales de la década de los sesenta), lo que nos habla de su complejo entramado y de su laboriosa concepción: tanto un breve poema como una canción de tres minutos pueden gestarse, o irse madurando, a través de un largo día, de una espaciosa semana, de un interminable mes, de un dilatado año. A veces nadie lo sabe, ni su propio creador.

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¿Cómo no tener presente alguna de sus maravillosas canciones, como “De la luz y la sombra”, cuya poética dice: “Ir andando sin norte, sin oeste, sin este, y extraviado del sur, como gira este mundo: de la luz a la sombra, de la sombra a la luz, de la luz y la sombra a ti”.

      Estar en sus conciertos no sólo era ser testigo de una cuidadosa e impecable sonoridad musical sino, y tal vez sobre todo, ser partícipe de una asombrosa velada literaria.

      Y si ya lo extrañábamos, cuantimás ahora que sabemos que ha partido, ya, hacia un mundo desconocido.

      Como él mismo escribió en uno de sus poemas: al fin, Luis Eduardo Aute descansa en paz.

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