El poder perdió su magia. El sistema presidencial está destruido

enero 31, 2020

El régimen político que vivimos es aparente, sólo una realidad virtual diría la lógica cuántica. No es suficiente que en un país se celebren comicios cada seis años para concluir que se trata de una democracia. Porque aparte de que persiste el poder de los fácticos ‎e informales, es un hecho que casi siempre elegimos a los peores.

Unos días después de que llegara Vicente Fox a Los Pinos, un maestro cincuentón de la escuela de Turín, Michelangelo Bovero, de visita en México, se preguntó: «Y sí los electores se dan cuenta de que eligieron a un incompetente, a un aprovechado o, incluso, a un delincuente o más modestamente a ‎un incapaz?…

“… ¿Si no tienen procedimientos en México ‎para corregir lo que acaban de hacer, es una gran virtud de la estabilidad política?», preguntaba el maestro Bovero en un aula universitaria de Acatlán. Recomendó que estuviéramos atentos a lo que siempre sucedía en su país.

Italia siempre está a la punta de la estampida en esto, decía. Somos un verdadero laboratorio político que se encuentra frecuentemente a la vanguardia. Bastan unos botones de muestra, exponía:

«Al inicio del siglo XX produjimos el fascismo. Antes del final del milenio, como prefiguración grotesca del apocalipsis, inventamos un tipo de gobierno plutocrático – demagógico – autoritario, basado principalmente en la idiotización de las grandes masas de electores que logró la televisión…

… “El primer producto, el fascismo, tuvo éxito. El segundo, el modelo político degenerado que he bautizado como kakistocracia, el gobierno de los peores, hacia el cual se encaminan las llamadas democracias reales como la mexicana, es una auténtica pesadilla».

Carlos Slim, ¿el Silvio Berlusconi mexicano?

Bovero se refería obviamente al espeso periodo de Silvio Berlusconi, el empresario político manufacturado desde la televisión, dinero e idiotización colectiva. Una larga noche que no tardó en superar la bota itálica. Parece mentira que cada vez que se le quiere meter mano al Estado, reformándolo, se acaba constitucionalizando el autoritarismo, no democratizado a los países.

Y sí, el visionario del futuro venido de Turín estaba delineado la amenaza del ochentón Carlos Slim. Desde hace veinte años se veía venir esta espadita de Damocles sobre nuestras cabezas. Hasta que la amenaza se ha convertido en realidad con el país en manos de los farsantes.‎ Los impostores también empujan hacia esa dirección.

Mentiras del Caudillo, emboban con lo trivial

En el otro lado de ese espectro aparece una adivinanza que por donde quiera que se le vea representa una amenaza todavía mayor: Claudia Sheinbaum, como la seguridad absoluta de la permanencia de lo raro, de lo deleznable al frente de las riendas de un Estado que ya ha sido estrujado al máximo por los chiquilicuatres u hombres inexpertos y de poca importancia.

‎Así, la ecuación política planteada por Bovero hace 20 años exactos cobra una inusitada actualidad. México está ante dos fuegos fatuos, impulsados desde el mismo dedo por un político del trópico húmedo que ya no sabe qué tantas mentiras decir, mientras se dedica a concentrar enfermizamente el poder.

Ya no sabe cuántas mentiras decir para que los ciudadanos nos embobemos en lo trivial –¡el avión, el avión!– y jamás lleguemos a descubrir lo que esconde esa manera de distraer al respetable, mientras el merolico sigue decidiendo debajo de cuál concha va a depositar la bolita.‎ Los atolondrados transeúntes deben seguir comprando el Fosfovitacal o, de perdida, el jabón del perro agradecido.

Transición democrática, sólo una droga dulce

De que veinte años después de la advertencia de Bovero elegimos a un incompetente, peor al de Guanajuato, no cabe una sola duda.‎ De que esa elección ha causado un parteaguas en donde puede aparecer por cualquier resquicio la mentalidad siniestra del totalitarismo y la dictadura, tampoco. De que puede que haya sido la última carcajada de la cumbancha de este sistema, estamos cerca de constatarlo.

‎Porque la llamada lucha por la transición democrática en México se convirtió en nuestra droga dulce. En un lugar común de excesos, petulancias y alharacas de teóricos de partiditos que tomaron el procedimiento para medrar aún más de las mieles del Estado. Se dedicaron a proponer reformas electorales que nunca llevaron a un solo puerto.

Con la nunca concretada transición democrática se proclamaron muchos padres de la patria que se refocilaban y atragantaban en busca de la foto, los estipendios, las canonjías y los placeres gastronómicos y báquicos que ofrecía gratis el gobierno de transición en turno, a cambio de no tocarlo ni con el eructo.

Se dejó pasar la oportunidad exigida para cambiar correlaciones de fuerzas, establecer controles al poder autoritario, frenar arbitrios irresponsables y poner por encima ‎de todo las políticas de Estado requeridas para la gobernabilidad que siempre hace falta. Todo fue un herradero.

Ya no hay Estado como éste fue conocido hasta hace poco

Hoy, la sociedad acorralada por el fascismo delirante tiene demasiados pendientes en la seguridad, educación, laboral, productividad y competencia, salud, alimentación y en todos los mínimos de bienestar que reclama la población para vivir en un sistema educativo. La investidura quedó tocada. El cargo y su respetabilidad están demolidos.

‎El paso por La Silla de los tres últimos, oportunistas, rateros y farsantes, según el saco que mejor les porte, ha barrido con cualquier posibilidad de encontrar la reforma del Estado que más nos cuadre. Lo importante hoy es saber que ya no hay Estado como éste fue conocido hasta hace muy poco.

Lo que quedó es un circo populista de tres pistas para que otro impostor se asome a ver si puede hacer las contorsiones que los cinco millones de votos que quedan en el pandero oficial pueden ser de él o de ella. Los otros veinticinco millones de decepcionados y de encabronados están en otro asunto: es demasiado difícil sobrevivir en este país. ‎Como que no quedó ánimo para empezar de cero.

Hoy, el sistema presidencial ya está destruido

‎El gobierno de los peores, en un año y medio, logró que el poder perdiera su magia, su aura. Su infalibilidad ya no es la misma. El supremo facilitador de lo imposible, el último en la escala de la negociación ya no existe.

El sistema presidencial está destruido. Para colmo, sin necesidad de reforma constitucional alguna. Hasta aquí llegó. El concierto bufo de los farsantes acabó con el tímpano del respetable.

Falta por ver si debajo de las distractoras mañaneras se esconden los grandes negocios del régimen. Esta sería la puntilla que se requiere. Todo indica que por ahí va.

Con la justicia salvaje, impartida por capos y sicarios en los caminos, en los pueblos y en las banquetas citadinas es más que suficiente. Es la ley de la selva y el dinero. ¿Quién quiere más?

‎¿No cree usted?

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