En manos de un enfermo… ¿hasta cuándo?

febrero 3, 2021

Georges Orwell, el autor de la novela Rebelión en la granja, el que dijo que en la supuesta igualdad siempre había unos más iguales que otros, llegó a afirmar que no debían pedirse buenos modales ni educación a quien no trajera un penique en la bolsa, menos a una persona enferma. Enferma de lo que fuera. El escritor sabía de eso un largo trecho. 

Ahora lo entendemos. Porque de la salud física y mental de un solo individuo depende la vida de millones de personas. La pandemia sí “cayó como anillo al dedo”. La subsistencia de una nación y el equilibrio de fuerzas dentro de un territorio hegemónico. Es demasiado lo que está en juego por atenerse a un capricho pueril de no mostrar los males, antes de causar cualquier desastre. 

Esto es así desde que el mundo es mundo. Por ejemplo, otra hubiera sido la suerte de Cleopatra, la reina egipcia, si no hubiera descubierto a tiempo, gracias a los médicos africanos, el tremendo mal que aquejaba al bueno de Julio César: los ataques epilépticos que lo dejaban cada rato fuera de la jugada. 

O si Eva Braun no hubiera detectado a tiempo las dolencias psico somáticas de Adolf Hitler y su necesidad fisiológica de recluirse en su bunker alpino para pintar y así relajar sus dolencias. Esos conocimientos y artes les otorgaron a esas mujeres el control sobre hombres enfermos y dislocados, los mismos que quisieron escribir la historia de los últimos milenios. 

El hombre enfermo y desvalido se resiste a aceptar su decadencia 

Si la estancia en la tierra es tan corta, debería ser por lo menos agradable. En pocas palabras, se trata de una vida y de hacer con ella un reducto confortable para vivirla sano y salvo. Es mayor enfermedad querer conducir un barco en la tormenta, querer aceptar el mando cuando no se tiene la salud suficiente para aguantar el chaparrón.  

El problema ha sido que el hombre enfermo y desvalido se resiste a aceptar su decadencia. Quiere hacer tronar su chicharrón a pesar de toda evidencia de colapso mental, físico, orgánico y moral. Es atroz el cuadro, pero algunos países llegan a vivirlo. Desde aguantar a quien no le importa demasiado que lo aguanten. 

En México estamos ensartados. Por la obcecación de los enfermos a mandar aunque no puedan, por resistirse a ser sustituidos en los momentos calmos y oportunos, cuando no se suscitan tormentas ni ciclones en los cambios de mando, cuando no se precipita un país junto con su propia paranoia de poder. 

Un enfermo, peligroso cuando insiste en seguir tocando el pandero 

Los individuos ambiciosos y desafortunadamente sanos, aunque afectados en la mente, se aprovechan de los hombres disminuidos en sus aptitudes físicas y en sus reacciones normales ante cualquier eventualidad, para manejarlos a la medida de sus antojos, sin límite del ridículo, sin horizonte en sus atrevimientos.  

Obviamente, una persona enferma, digna de cualquier compasión, se convierte en peligrosa cuando a todo costo quiere seguir tocando el pandero, o cuando lo pretende, porque lo hace hasta cuándo se ha vuelto más que evidente que todo esfuerzo es nulo. El centro de toda su atención debe ser concentrar sus energías en recuperarse. 

Rebasa toda lógica el no hacerlo, y enferma al resto de la sociedad. Un pueblo de más de cien millones de pobres, necesitados y hasta hambrientos, no merece esos desplantes. La ambición toca los dinteles del sacrificio absurdo, raya en lo demencial. 

La Administración, orientada por la rapiña y la destrucción de lo mexicano 

Un gobierno que ha llegado al extremo de desacreditar sus únicas instituciones encargadas de la vigilancia, honradez e imparcialidad del desarrollo electoral, el Tribunal Federal Electoral y la Fiscalía Especializada para Delitos Electorales, pide a gritos ser declarado incompetente e incapacitado, para bien de todos.  

‎Un sexenio que duró mucho menos que un chiflido, y que sus primeros meses los ocupó en destruir la economía del país, amarrar el pacto de impunidad con los narcotraficantes, con los delincuentes petroleros, con la escoria de la nación, acelerando el dispendio administrativo y presupuestal para la comodidad de los favoritos, más el desorden absoluto en todos los renglones, nunca tuvo razón de ser. 

Una Administración Federal emulada por sus vástagos políticos en los tres órdenes de gobierno, ejecutivo, legislativo y judicial y en los tres niveles geográficos, federal, estatal y municipal, orientada por la rapiña y la destrucción del concepto de lo mexicano, de la idea misma de país, nunca debió asentarse en la cúpula del poder. 

Se requiere un hasta aquí, un ya basta a los gobernantes pasados de la raya 

Superlativamente cínico, por aferrarse al uso de los poderes del Estado para consumar sus sandeces, imponer su ignorancia y desenfreno en el prevaricato, el abuso de funciones, la venta maquinada de la soberanía nacional, el entreguismo a los verdugos del extranjero y la sustitución a modo de las normas prevalecientes, ‎siempre falto a su palabra. 

Se le dice cínico, sólo porque la costumbre inveterada del periodismo mexicano ha asumido como conducta eludir las calificaciones exactas, necesariamente majaderas, para referirse a las conductas de quienes desde cualquier posición destruyen la dignidad y el orgullo de los bien nacidos en esta tierra generosa. 

Hay cortedad, empero, en esta adjudicación gramatical que requiere un hasta aquí, un ya basta a los gobernantes de México, más a los que se han pasado de la raya, del castaño oscuro, para hacer prevalecer sus intereses monetarios sobre las exigencias colectivas. El juicio histórico vendrá, pésele a quien le pese. 

El perfil político de estos individuos no alcanza ni para regentear un burdel 

Y es que, cuando nos dimos cuenta, ya estábamos en manos de analfabetas, esquizofrénicos, soberbios y badulaques hoy multimillonarios, en pocos meses. Y también nos enteramos de que todas sus carreras profesionales habían sido hechas a base de arreglos en lo oscurito.  

El perfil político de estos individuos no alcanza ni para regentear un hotel de paso. Menos para conducir a buen puerto los negocios públicos de un país al que lo mismo llevaron a la ruina total y al descrédito internacional a los pocos días de tomar posesión, ofreciendo oro y miel, como cualquier mercachifle paranoico. 

Donde se han parado ya ni crece el pasto. Nadie respeta la vida, ni la integridad, ni siquiera el juicio previo para privar de posesiones al adversario, ni las formalidades esenciales del procedimiento para refundir en la cárcel a quien se deje, para alzarse con su santo y sus limosnas. 

Los motines ya no son internos, provienen de Washington y de Manhattan 

En esa gran novela psicológica El motín del Caine, laureada con el Pulitzer 52, y con todos los Óscares de la Academia, Herman Wouk nos lleva de la mano a descubrir los deberes de quienes tienen que despojar del mando de la embarcación a un desquiciado. 

¿Qué deben hacer unos oficiales cuando consideran que su Capitán ha perdido la cordura, acosado por fantasmas? ¿Cuál es la frontera entre la lealtad a un mando y la responsabilidad de velar por una tripulación? ¿Hasta qué extremo se puede cuestionar la autoridad de quien está al mando de una nave? 

¿Cuántas veces todos hemos estado en medio de una tormenta a bordo de cualquier Caine y no lo hemos sabido? ¿Cuántas veces hemos sido engañados por mandarines esquizoides que nos han metido en la cabeza que somos la encarnación misma de la lucha por la estabilidad y el desarrollo?  

Los paranoicos al timón. El Caine nos queda corto. Los motines ya no proceden del interior de la nave, sino del alto mando en Washington y en Manhattan. No se nos olvide que el mismo Chapo Guzmán ha sido habilitado como Fiscal para nuevos expedientes llegados de Tepetitán. 

¿No cree usted? 

Índice Flamígero: El británico Harold Wilson y el estadounidense Ronald Reagan (que sufrieron demencia), Richard M. Nixon (adicto al alcohol) y John F. Kennedy (dependiente de fármacos) tomaron decisiones equivocadas debido a su estado de salud. Por no hablar de aquellos mandatarios que, en un ataque narcisista y de endiosamiento, se dejaron llevar por su instinto en contra de la razón de Estado. Es lo que en la psiquiatría se conoce como síndrome de hybris y del cual ya hemos platicado usted y yo en algunas entregas anteriores de este Índice Político.

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