En México, ser indígena representa discriminación, marginación y pobreza

agosto 14, 2021

Ciudad de México. La mayoría de los mexicanos encuestados (82.9 por ciento) ignora la riqueza que existe en el país al contar con una diversidad representada por 64 lenguas, además de sus derivaciones lingüísticas. Peor aún, no son capaces de mencionar el nombre de tres grupos originarios.

Lo anterior según los resultados de la Encuesta Nacional de Indígenas, elaborada por la UNAM, estudio único donde se midió la percepción de los no indígenas sobre quienes sí lo son. En México, la mayor desventaja de serlo es la discriminación, considera el 43.2 por ciento de los encuestados, junto con la marginación y la pobreza, dijo el 21.6 por ciento, y la exclusión y el analfabetismo, con 5.8 y 4.3 por ciento, respectivamente.

La mayoría reconoce que a los indígenas les va más mal, que para ellos es más difícil la vida, mientras que el 21 por ciento menciona que la mayor ventaja de serlo es que tienen tradiciones, el 28.4 por ciento no sabe, y 18.1 cree que no hay ventajas.

Las respuestas pueden obedecer, entre otras cuestiones, a la imagen perpetuada que tienen los pueblos originarios como personas que padecen constantemente miseria, marginación y discriminación, sostuvo Natividad Gutiérrez Chong, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS).

“Los resultados son reveladores y permiten ver qué tan poco estimado es el indígena en nuestra sociedad y cómo ello da lugar a la discriminación y el racismo”. Para revertir esa situación, se requiere actuar no sólo en los aspectos económico, simbólico y cultural, sino devolver prestigio a esas comunidades, porque a lo largo de la historia “eso es lo que nos ha faltado de manera apabullante”.

La coautora de “Ser indígena en México. Raíces y derechos”, libro de la colección “Los mexicanos vistos por sí mismos”, editada por esta casa de estudios, señaló que del “indio vivo” nadie quiere saber, ni ver, ni estar cerca; tampoco comprometerse en algún tipo de igualdad, equidad o manera que mitigue la ausencia de lo indígena en el pensamiento de la mayoría de los entrevistados (mil 200 personas) en el estudio.

Contradicción histórica

Otro de los hallazgos de la encuesta es la contradicción de los mexicanos para asumir lo indígena, toda vez que la identidad nacional nos inculca un sentido glorioso de nuestro pasado étnico y pondera, hasta la repetición, que somos una mezcla, un “resultado feliz” entre indígenas y españoles, principalmente. Se trata de la famosa fórmula del mestizaje. Ese rechazo ocurre aunque el 34 por ciento considera que tiene raíces indígenas, y 26.8 por ciento, “en parte”.

Es poco claro qué representa para el mexicano promedio la situación de los indios vivos, refirió la científica social. Hay que tener en cuenta que en nuestra sociedad, como decía Fernando Benítez, vivimos entre la aceptación del indio muerto (el representado por la arqueología, lo prehispánico, el pasado remoto que es parte de la riqueza nacional) y el rechazo al indio vivo, sinónimo de marginación, pobreza y falta de derechos.

Además, llama la atención el desconocimiento de los encuestados, que frente a lo indígena responden en múltiples ocasiones “no sé”, aunque ese segmento está compuesto por más de 15 millones de personas.

La población más marginada, excluida, la que no tiene ningún tipo de representación política propia, son precisamente los pueblos originarios, esos donde la pobreza es cíclica. “Existe una fuerte percepción de que los indígenas no hacen lo suficiente, de que son pasivos, indiferentes o flojos. Eso contribuye a una manera estereotipada de ver su mundo, porque no todos son rurales, pobres, ni están en lugares remotos”, remarcó.

Esa estigmatización, consideró Gutiérrez Chong, es campo fértil para seguir reproduciendo prácticas racistas y discriminatorias que inhiben la movilidad social. “No podemos superar ese círculo, y habría que insistir en romper estereotipos, esa visión monolítica e innecesaria que tenemos al respecto”.

Al mencionar otros resultados de la encuesta, la universitaria mencionó que 47 por ciento, no considera que los indígenas tengan las mismas oportunidades para obtener un trabajo que los no indígenas, casi el doble de los que cree que sí las tienen, aunque sea en parte, con 26 por ciento.

El influjo del color de la piel

Al cuestionar si el color de la piel influye o no en el trato que reciben las personas, el 51.2 por ciento dijo que sí, y “sí, en parte”, 33.4 por ciento. En tanto, 72.2 por ciento considera que sí hay racismo en México, y “sí, en parte”, 23.2 por ciento.

Los mexicanos, prosiguió la experta, apreciamos la multiculturalidad como una riqueza de nuestro país, la comida, las tradiciones y las fiestas. Sentimos respeto por un legado que es antiguo y que nos permite tener un ancla, raíces, aunque eso se proyecte lejano. Pero ello se contradice con las formas estereotipadas, pasivas y de falta de interés que hoy mostramos hacia los indígenas.

Hay que devolver el prestigio a los grupos originarios, y la educación sería una de las maneras más efectivas. También ayudaría conocer no sólo la comida y la artesanía que producen, sino su literatura, escritura, películas y otros artefactos culturales. Eso permitiría revertir estereotipos y, sobre todo, combatir al monstruo del racismo, finalizó Natividad Gutiérrez.

Las comunidades indígenas mexicanas sufren más la pobreza y la falta de oportunidades educativas, aunque los grados de discriminación varían en los diferentes estados del país.

Un elemento importante de la paz positiva (actitudes, instituciones y estructuras que crean y sostienen a las sociedades pacíficas) es la aceptación de los demás, en especial de aquellos que son de diferente religión, nacionalidad o grupo étnico. En muchos países una manera concreta de medir la aceptación como dimensión de una paz positiva es la ausencia de discriminación hacia los extranjeros o los inmigrantes. Los inmigrantes de Centroamérica con mucha frecuencia sufren prácticas discriminatorias en México. Pero la forma de discriminación más notable en este país no va dirigida necesariamente a ellos sino hacia sus propios pueblos nativos.

La pobreza más persistente se encuentra en México precisamente entre su población indígena. A pesar del reciente empoderamiento de estas comunidades por toda América Latina (con representación política y reconocimiento legal de sus derechos étnicos), la diferencia de ingresos laborales en la región entre trabajadores indígenas y no indígenas con un nivel de formación equivalente oscila entre el 27% y el 57%. La discriminación explica gran parte de esta disparidad de ingresos.

La tasa de pobreza extrema entre la población que habla alguna lengua indígena en México, según CONEVAL, la agencia responsable de la medición de la pobreza, es del 38%. Este porcentaje cuadriplica el de la población general clasificada como extremadamente pobre, que se situó en el 9,8%. Según esta agencia, solo un quinto de los mexicanos pueden ser considerados como no pobres, o no vulnerables al riesgo de caer en la pobreza. Pero para los mexicanos que hablan una lengua indígena, este indicador de bienestar es solo del 3,5%. Esto significa que el 96,5% de los habitantes indígenas de México son, o bien pobres porque su nivel de ingresos no cubre necesidades básicas como alimentación, vestido o costes de vivienda, o bien vulnerables a la pobreza porque carecen al menos de un servicio público básico como saneamientos, electricidad, sanidad, seguridad social o escolarización.

Los pueblos indígenas históricamente han carecido de oportunidades educativas equivalentes a las del resto de ciudadanos. Por lo tanto, los primeros cuentan con menos años de escolarización y tienen unos niveles educativos más bajos. Una gran parte de la incidencia de la pobreza entre las comunidades indígenas está relacionada con esta falta de capital humano.

Aunque la discriminación puede ser responsable de la diferencia de oportunidades en educación, es importante calcular la brecha en cuanto a ingresos aislando los efectos de la formación de capital humano. En una sociedad con paz positiva, la identidad étnica indígena no debería ser una desventaja en el mercado de trabajo, cuando se entra en la comparación de trabajadores igualmente cualificados, comparados a su vez a lo largo de los mismos niveles de educación.

La compensación también será determinada por una combinación de otros factores más allá de la educación, incluidos factores como las habilidades propias de cada individuo o las diferencias en talento innato. Se producen también diferencias ya conocidas en los ingresos de un individuo a lo largo del ciclo de su vida; y tampoco sería sorprendente descubrir que existen algunas diferencias de renta regionales y sectoriales dependiendo de la ocupación o de la actividad económica. Pero todas estas variaciones de las condiciones laborales pueden ser observadas y medidas, y por tanto pueden tenerse en cuenta a la hora de medir también las diferencias de ingresos.

Dado que el talento innato no está distribuido de manera diferenciada a lo largo de grupos étnicos, si se encuentra una diferencia sistemática residual en los ingresos de pueblos indígenas y no indígenas (y aislando los efectos de las diferencias en habilidades, capital humano y otras circunstancias observables), es bastante probable que el diferencial restante sea producido por la exclusión social y la discriminación. La comparación tiene que realizarse dentro de un marco contrafactual, calculando cuál sería el ingreso equivalente de un individuo que es indígena en el caso de que no lo fuera.

En un esfuerzo preliminar por proporcionar una metodología y algunas reflexiones sobre cómo calcular la discriminación étnica como componente de una paz positiva en México, se llevó a cabo una estimación por pareamiento. Este método aprovecha el enorme tamaño de la muestra del censo mexicano (el 10% de la población) en 2010, que permite la comparación de ingresos en individuos contrafactuales que tienen exactamente las mismas características de un asalariado indígena, excepto por el hecho de que no son indígenas. El ejercicio fue realizado con información sobre diferencias lingüísticas, así como de autoidentificación voluntaria.

Aunque los resultados son bastante preliminares, emergen algunos patrones interesantes. El único estado que no tiene una diferencia negativa para las mujeres es Aguascalientes. Los otros estados que no parecen presentar ingresos estadísticamente diferentes para los habitantes indígenas son Zacatecas, Guerrero y Nayarit. Además, Chiapas, Chihuahua, Querétaro y San Luis Potosí no muestran una diferencia estadística significativa para las mujeres. La diferencia salarial para los hombres indígenas es normalmente mayor que para las mujeres, alcanzando una enorme magnitud en Yucatán. Esto sugiere que en muchos estados las mujeres no están discriminadas por su estatus indígena, aunque podrían existir algunas discriminaciones de género. Sin embargo, es importante subrayar que los puestos más bajos en el caso de las mujeres corresponden a los dos estados con la más importante producción de petróleo: Tabasco y Campeche.

Los cinco estados que ocupan las primeras posiciones en este ranking de no discriminación son Aguascalientes, Zacatecas, Distrito Federal, Tlaxcala y, quizá sorprendentemente, Guerrero. Algunos de los estados más indígenas del país (Oaxaca o Puebla) ocupan puestos intermedios en el índice. Los últimos cinco son Sonora, Michoacán, San Luis Potosí y, en último lugar, Yucatán.

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