Intervenir el teatro “Q muero XQ no muero”

marzo 8, 2020

México/Notimex. Una pequeña flor es entregada a cada espectador, un crisantemo de colores blanco y morado que lo acompañará durante la intervención teatral Q muero XQ no muero, de Elia Domenzain, donde 10 artistas (cinco actrices y cinco violonchelistas) escenifican un performance para reiterar, entre versos de santa Teresa de Jesús y fray Miguel de Guevara, “ni una más”.

Ésta es una consigna que recorre México desde años, cada vez con mayor intensidad: ni una [mujer] más… vejada, sojuzgada, humillada, torturada, secuestrada, violada, asesinada. La exigencia fue, ahora, expresada en cinco funciones en las que participaron las actrices Elia Domenzain, Yeya Lamadrid, Pamela Oscos, Marcela Sandodi y Ana Sofía Velarde. Ellas estuvieron acompañadas por las violonchelistas Ina Velasco, Saray Sánchez, Raquel Gómez, Argelia Hernández y Gabriela Cadena, de la Orquesta Carlos Chávez.

Fueron cinco funciones en el Salón Venustiano Carranza del Centro Cultural Los Pinos, donde cada actriz, guiada por la música melancólica y doliente del violonchelo, expuso ante el público la aniquilación y el dolor que en ocasiones implica el ser mujer. En México, de 2015 a 2019, fueron asesinadas más de 3 mil 500 mujeres, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Foto: Web

En este contexto, Q muero XQ no muero, con Héctor López como productor ejecutivo, una monja recorre la sala avanzando entre el público hasta llegar al escenario colocado al centro del lugar, teniendo de fondo versos de santa Teresa de Jesús y fray Miguel de Guevara. Ahí, postrada, la monja ora: “Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”. En el momento en que los versos callan, el que suena es el violonchelo: melancólico, triste, con las zarabandas 1, 2 y 5, de Johann Sebastian Bach.

Mientras la mujer se va liberando del traje de monja, rompiéndolo, de fondo se escuchan lugares de México donde la violencia contra las mujeres ha sido más brutal e impune: Ciudad Juárez, Durango, Los Mochis, Estado de México, Tijuana… Lo que queda una vez despedazado el hábito, es el cuerpo de la mujer que simula una desnudez lacerada, sangrante, con marcas en la piel como las de Cristo. Ella, de pie, extiende los brazos. Llora mientras padece una crucifixión. Desde esa cruz, observa a los espectadores, retandolos, obligándolos a mirarla y a sentir el dolor que ella lleva.

Luego suenan los versos de fray Miguel de Guevara: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”. La mujer desciende del calvario, toma una maleta, se viste con una minifalda, coqueta esconde o disimula sus heridas, le regala una flor a la violonchelista, quien toca una alegre melodía mientras ella se marcha, sonriente. ¿Feliz? ¿Herida? ¿Redimida? ¿O es, acaso, el espíritu de una mujer más asesinada? El espectador es quien, al final, decide.

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