Juan Tovar, el rigor de la palabra

diciembre 28, 2019

Ciudad de México. Notimex. [Sesenta días después de haber cumplido 78 años de edad, que los celebró el 23 de octubre, el escritor poblano Juan Tovar falleció el pasado 22 de diciembre en Morelos. Lo tendremos presente siempre…]

De memoria, Juan Tovar (Puebla, 1941-Tepoztlán, 2019) es la tercera y última generación de maestros del canon usigliano. Como alumno destacado de Luisa Josefina Hernández, ejerció su magisterio tanto en las aulas como en la tinta y el escenario.
      Ante la repentina noticia de su muerte, por neumonía, se me aparece como una continuidad y una ruptura de la breve tradición textual del teatro mexicano. Su primera etapa dramatúrgica, sobre todo, es una secuencia y una quiebra del modelo aristotélico de escribir teatro a la manera mexicana, si con esto se entiende que los equívocos respecto a la obra del estagirita son universales. Hay tantas traducciones tan disímbolas de su poética que cada quien tiene su Aristóteles.

Traductor ejemplar

Gracias a Luisa Josefina, el de Juan Tovar fue el de la estructura dramática. Martín Zapata, uno de los autores que estuvo en su taller por un año en la ciudad de Cuernavaca, me anunció la muerte de Juan y me comentó que él rescataba de su maestro dos cosas: la rigurosa estructuración dramática de sus obras (puso como ejemplo El monje) y la manera tan actual de tratar los episodios históricos de nuestra vida nacional. Por ello, Ludwik Margules asentaba que Juan Tovar era el único autor contemporáneo del teatro en México.
     Juan fue un formidable traductor del inglés al español. Estoy cierto que el éxito de las primeras obras de Carlos Castaneda, sobre el brujo Juan Matus, tuvo que ver con la impecable, inspirada traducción de Tovar. Alguna vez, con un carrujito de hierba santa de por medio, le pregunté si había traducido el texto del antropólogo gringo-brasileño-mexicano bajo la influencia de alguna droga.
      Respondió:
     ―Sí, la del rigor de la palabra.

Hacer hablar a los héroes y a los villanos

Las adoracionesManga de clavo, dos momentos trágicos, épicos de la historia de México, tuvieron en su pluma la manera de friccionar la historia como si fuera cierta; esto es, actual para el teatro y para la realidad simbólica del país. En estas obras de Juan Tovar el pasado está vivo en la tragedia de la Conquista y en la ópera bufa de Santa Anna, ése jarocho depredador de la presidencia y del erario que presagió a los gobernadores que han saqueado a su estado natal: Veracruz.
      La hazaña está en la poética del lenguaje, en la forma de construir la frase, la réplica, la dialógica del conflicto. Era un rompimiento con el lirismo de sus antecesores, sus maestros; literalmente una forma de cambiar el diálogo, del realismo poético a la poética realista, esa forma de hacer hablar a los héroes y los villanos de antaño, de siempre, como si fueran nuestros contemporáneos.

La necesaria beca

Juan Tovar fue un autor retraído. Como me decía Zapata en su aturdimiento por la muerte del amigo con el que había quedado de comer en estos días, Juan nunca se promocionó a sí mismo. Renunció a la feria de las vanidades del ornamento literario y nunca fue afecto a la farándula. Se refugió en Tepoztlán y ahí se ensimismó en el silencio, la lectura, en su reducido afecto familiar. Sólo una vez me habló por teléfono:
      ―Fernando, me dijo, me quitaron la beca, de qué voy a vivir…
      Con todos los méritos, fue uno de los primeros y continuos becarios del Fonca, hasta que Mini Caire, en razón de reconocer otras trayectorias promovió que al menos por un año los ya premiados estaban impedidos para la renovación de su beca, al menos por un año.
      Juan no supo qué hacer. Había tenido una operación de cerebro y requería de una vida reposada. Como los artistas de este país no tienen seguridad social, el Fonca fue su seguro de vida para seguir escribiendo, casi hasta su muerte.

La escritura

Otro día intento valorar el origen, desarrollo y la última etapa de su teatro. Hoy quiero recordarlo como el dramaturgo de El monje, la novela gótica del siglo XVIII que Rodolfo Obregón montó en un edificio colonial de la ciudad de Querétaro, y cuya cabalidad de recursos escénicos, dramáticos, actorales y expectantes, en relación con el público, eran genuinos, si así se le puede llamar a la sensación de estar en el pasado, en el presente, sin trucos escenográficos.
      De nuevo la capacidad de llevar al español la esencia del idioma inglés de otro tiempo, lo que requiere no sólo de una traducción sino de una interpretación, de una equivalencia lingüística, poética, en el sentido de llevar de una lengua a otra la potencia que da origen a la palabra: el asombro de estar vivo, para morir. Juan Tovar es el puente fallido de la tradición con el futuro, en la medida que nunca le interesó ser otra cosa que un escritor de ficciones dramáticas, literarias, cinematográficas, radiofónicas, periodísticas, sin otro interés personal que el de seguir escribiendo hasta el momento en que no. Punto.

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