Ojo chairos: No siempre todo parecido es mera coincidencia

diciembre 4, 2020

Haciendo memoria, cuando Gustavo Díaz Ordaz tuvo que tomar la decisión sobre el sucesor no se quebró la cabeza: pasó por encima de su generación de coetáneos civiles y militares y designó a su alter ego, a su cómplice en las aventuras de furibundos anticomunistas, a su compañero inseparable en las represiones, a quien ya había tomado el mando de facto, Luis Echeverría Álvarez, el más destacado de los presidentes Litempo al servicio de la CIA. 

Echeverría llegó al poder después de la furiosa represión y la masacre de Tlatelolco, con el visto bueno Díazordacista que veía en él al compinche que le cubriría las espaldas, a quien jamás lo traicionaría, a quien cargaba sobre sus espaldas las órdenes directas que había dictado a los batallones para exterminar a los adversarios juveniles del por entonces ya decadente sistema político. 

Cuando la clase política reflexionó sobre la personalidad psicótica de quien había llegado a Los Pinos descubrió a un personaje desconocido, lejano a aquel burócrata sumiso que sólo sabía ejecutar las órdenes de sus superiores, a un hombre sediento de fama y poder, a una persona que tenía efectivamente el síndrome de la bicicleta: en el momento en el que dejaba de pedalear, podía caerse. 

Giras internacionales de un desquiciado. Quería la ONU y el Nobel 

Echeverría fue un presidente absolutamente sometido a los designios anticomunistas del mandatario gringo, un cuáquero republicano, Richard M. Nixon, con quien se confabuló en todas las agresiones a las democracias latinoamericanas. Anhelante de trascender la historia y buscar afanosamente la secretaría general de la ONU y, si se podía, de paso hacerse del Premio Nobel de la Paz. 

Los periplos internacionales de Echeverría, las giras paranoicas hacia todos los lugares del mundo donde lo pudieran aplaudir, en África, Asia u Oceanía, eran de un desquiciado, en busca de una identidad que el sistema aldeano siempre le negó‎. En el interior era realmente obnubilante su deseo de aparecer como padrino de todas las bodas, y hasta de cadáver en todos los velorios. Lo cierto es que el PRI era entonces una maquinaria todoabarcante. 

Su dispendio hacia la prensa fue orgiástico. Sus poses al lado de los miserables eran de fábula, sus deseos de sobresalir en todos los convites no tenían comparación. Desde su puesto, durante seis años en la Secretaría de Gobernación, se parapetó para aprender el arte de todas las simulaciones. 

“Destapado”, Echeverría mostró una personalidad desconocida 

Su hermano Rodolfo Echeverría había sido un líder sindicalista de los actores cinematográficos y de la farándula. Era un hombre carismático que sabía de qué se trataba el abarrote, y que no tardó en poner a sus órdenes al excepcional dramaturgo japonés Seki Sano, para que lo educara en el arte del lenguaje corporal e histriónico, indispensables para borrar de su rostro la cara de garrote y su catatonismo muscular que en nada lo ayudaban para obtener la ansiada mano de Doña Leonor. 

Quitarle la imagen de represor, de resentido y de angustiado, que tanto trabajo le había costado. Enseñarle desde hacer una sonrisa hasta un saludo, hasta una voz para los discursos, producirlo en toda la extensión de la palabra. Seki Sano logró lo que se proponía. Cuando Echeverría fue “destapado”, emergió una personalidad desconocida. 

Apareció el hombre inconforme con el maltrato a la juventud, el justiciero de los obreros y de los campesinos, el amigo de los empresarios y de las clases medias a las que había tratado a golpe de macana. Un brillante abogado, gran tribuno, enorme gesticulador, a la medida del electorado de aquellos tiempos. 

Apareció un líder desconocido que nadie sabía de qué planeta había caído. Díaz Ordaz, su padrino, fue su primera víctima. Cayó sobre el poblano toda la culpa de la historia, y jamás se supo que haya salido en su defensa.‎ Díaz Ordaz fue el perro del mal, aunque después se supo que el verdadero gorila había sido el de San Jerónimo.  

Durante la campaña, el minuto de silencio en favor de los estudiantes fallecidos, en un acto en la universidad nicolaíta de Morelia, fue el final de esa historia de complicidad.‎ Y aunque todos los amigos cercanos le advirtieron a Díaz Ordaz que sería mejor bajarlo del caballo antes de que intentara cosas peores, la decisión no varió.  

Nunca le perdonó a Mario Moya Palencia la inteligencia y el carisma 

El sexenio de Echeverría fue un periplo de ocurrencias, de decretitos ñoños y de posiciones demagógicas que acabaron inoculando al sistema un virus desconocido para aquel tiempo: una pavorosa inflación provocada por la maquinita de hacer billetes en el Banco de México para financiar todos los caprichos. Fue instalado el primer caprichato conocido. 

Sin duda, el mejor colaborador que tuvo Echeverría fue un hombre honrado, sensato e inteligente como el brillante secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, poseedor de una brillantez escandalosa. Pero Echeverría nunca le perdonó, igual que a su hermano Rodolfo, el carisma que ejercía sobre las clases sociales. Tampoco el hecho de que hablara inglés, francés, italiano, alemán y muchos otros idiomas. 

Los asuntos más sobresalientes de la política interior fueron diseñados y ejecutados por Moya Palencia. Desde la reinserción social de sentenciados, la política demográfica que desfogó la expansión poblacional de aquella época, los festivales internacionales de cine, la política electoral, la migratoria y la conducción del Estado con toda la barba. Las relaciones de la Federación con los gobiernos estatales fueron descollantes. La paz social reflejaba la gobernabilidad del aparato. Además, tuvo que sortear la proliferación de la guerrilla rural y urbana con un tacto excepcional. 

Moya cultivó buenas relaciones con el Ejército, sin darles concesiones 

Pero Echeverría siempre tuvo miedo a su brillantez. Moya Palencia se dio el lujo de tomar posesión como Presidente del Consejo Mundial de Población, celebrado en Bucarest, pronunciando su discurso en un rumano impecable. Ninguno de sus colaboradores estaba enterado de que Moya hablaba con fluidez ese idioma romance. 

‎En su recorrido cotidiano por las calles adyacentes a la Secretaría, el funcionario recibía el aplauso y el cariño del pueblo, de todas las clases sociales, desde los macuarros materialistas, las señoras de avanzada edad, los jóvenes y los políticos de todas ideologías. Era un hombre respetado y decente, que honraba el cargo para el que había sido designado. 

Las Fuerzas Armadas lo recibían en Lomas de Sotelo con un respeto y admiración nunca vistos en esa relación gobierno civil – Ejército. Lo invitaban a menudo a dar pláticas sobre disciplina y pundonor militar a los oficiales de alta graduación que iban gustosos a recibirlas y a buscar su afecto. Sin militarizar el país, sin otorgarles concesiones y prebendas. 

Echeverría, enfrentado con todos mientras acariciaba la reelección 

Moya fue un personaje que instalaba la cordura en todos los sectores, y en todos los asuntos delicados del sistema, un interlocutor viable y reconocido que le hacía a Echeverría la tarea de gobernar sin discordias. El presidente estaba peleado con todos. No había un segmento de población que no hubiera sido fustigado con sus dicterios. Echeverría llegó a acariciar seriamente la idea de la reelección.  

Decía a quien quisiera oírlo que a él lo apoyaba el pueblo, la inmensa mayoría, y estaba radicalmente equivocado. Si el negocio fétido de las encuestas hubiera existido, Echeverría hubiera reclamado el noventa por ciento de aceptación popular. En todos lados, en todos los convites, la gente se reía de él y hacía chistes a sus costillas, sobre lo tonto, bobo y ambicioso. De ahí nació el chupacabras que quería vacunar a los niños para enajenarlos y el loco desquiciado que abarcaba todo y no apretaba nada. 

La primera dama de ese régimen inventaba a diario una intriga contra la esposa del secretario de Gobernación. La veía más guapa, más joven e inteligente en todos los temas. Era una abogada con prestancia y personalidad indudable, que jefaturó las campañas para dignificar las Islas Marías y los penales más infectos de aquel sistema. ‎Moya tenía el perfil del estadista moderno y era un ideólogo en serio. 

LEA dejó un país dividido y enconado, un páramo de incertidumbre 

Verborreico ignorante, resentido y vengativo, Echeverría optó por su cuate del alma José López Portillo, creyendo que era un incondicional. Pero el expresidente acabó exiliado como embajador en las Islas Fiyi. Por algo sería. Echeverría había dejado un país dividido y enconado, un páramo de desconfianza e incertidumbre, sobre todo después del asesinato de Eugenio Garza Sada, el capitán de empresa del Grupo Monterrey. 

Los miembros descollantes de la Cuarta Decepción deben conocer a fondo estos antecedentes. Porque no siempre todo parecido es mera coincidencia, como se advierte en las películas. Frente a un resentido, auténtico toro marrajo, no hay promesa ni palabra que valga. 

¿No cree usted? 

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