Otra aportación de la 4T: hacer el ridículo, pero calladitos

Un cúmulo de opiniones ciudadanas indican que lo de Evo no es el final… sólo el principio de la serie de la temporada reeleccionista en México. El final de esta errática forma de ejercer el poder fue la chamaqueada al régimen de la Cuarta Transformación de El Ratón Ovidio Guzmán, no la del distractor boliviano de turno.‎

Alguien tenía que hacerlo para encuerar al Supremo. Y le tocó al junior de el de Badiraguato. Querámoslo reconocer o no, el recule de su aprehensión, con miras a la extradición a los Estados Unidos –dónde están los patrones de la 4T– marcó la caída de absoluto vértigo en las encuestas, cuchareadas y serias de todas las mediciones demoscópicas que ha tocado enfrentar.

Porque las cuchareadas se resisten a aceptar que el Titular acabe diciembre con una calificación menor a los 50 puntos, ya que éste índice lo empataría con los horrorosos números triunfadores de Zedillo, Fox, Calderón y hasta de Peña Nieto, el travestista de las redes, implacables y certeras como un balazo.

AMLO no está para atender asuntos de delincuencia organizada

Y sucede que sí, que poco a poco se van revelando los pasos que siguió la fallida operación de Culiacán y su impacto demoledor sobre las personitas en el poder. En principio, la operación de marras se hizo con base en los informes detallados de las agencias policíacas y militares estadounidenses domiciliadas en México. No podía ser de otra forma.

Cuando el Titular recibió el paquete informativo que contenía la ubicación satelital y los movimientos esperados de El Ratón Guzmán, decidió que cayera en manos del secretario de Seguridad, jefe del gabinete respectivo, Alfonso Durazo, ya que piensa que él no fue electo para meterse en esos intríngulis tan fastidiosos.

Él no está para atender asuntos de delincuencia organizada, ni reclamos tan corrientes como los ajusticiamientos y ejecuciones que ya cobran cifras de miles y miles de muertos en once meses y medio. No está para dedicar su tiempo a los trasiegos ilícitos ni para opinar sobre asuntos tan poco rentables política y electoralmente.

Lo suyo, cree él, es la política social, a la que dedicará el 63% del presupuesto del año próximo –en el muy difícil caso de recaudarlo. Son‎ los programas de asistencia que no han podido comprobar su destino, que no tienen reglas de operación ni padrón de beneficiarios ni requisitos. Que no se sabe hasta la fecha en dónde están. Pero eso, sólo eso, es lo suyo.

Alfonso Durazo, el muchacho chicho de la película gacha

Cuando el doctor Durazo, supuesto especialista en el tema, recibió el paquete, lo guardó a piedra y lodo. No lo compartió con sus supuestos subalternos, ¡los secretarios de la Defensa Nacional, de la Marina Armada, ni del tan vapuleado Cisen o como se llame ahora. Lo reservó para su coleto, al fin y al cabo, él era el jefe, el «fortachón» de la serie, el muchacho chicho de la película gacha.

Jamás se imaginó el empoderado que las agencias estadounidenses mencionadas iban a repartir por igual el mismo paquete a las otras instancias, ya que el Titular jamás les sugirió que no lo hicieran. Lo consultaron con sus superiores en Washington y era la forma adecuada para cubrirse las espaldas.

Ni en Sedena ni en Marina hicieron guardias que no les tocaban

Con el mecate en la mano, pero sin el burro, cuando llegó el Día D, Durazo, en modo comandante de todas las fuerzas del orden, echó mano de un puñado de guardias nacionales, inexpertos, sin logística y sin planes alternativos de operación, comunes y corrientes en estos casos, y puso manos a la obra. Era su medalla y su consagración rumbo al sillón de Sonora.

Al fin y al cabo iban sobre un muchachito que a esa hora, según lo relató el paquete de las agencias policíacas y militares del gabacho, iba a estar en la casa de su novia, muy quitado de la pena. Miel sobre hojuelas.

No sabía el pobre y ambicioso Durazo que en Sedena, Marina y el Cisen tenían la misma información, sólo que no opinaban por aquello de «no hagas guardias que no te toquen», primer mandamiento de las Fuerzas Armadas cuando no han sido informadas ni requeridas por los jefes. Por ello, nunca opinaron antes del desastroso evento.

El titular de Sedena, obligado a encuerar lo que queda del Estado

En la Secretaría de la Defensa Nacional sólo supieron que Durazo había pedido unos contingentes armados para que hicieran cordones de protección en los lugares aledaños de la capital sinaloense. Muy bien, dijeron, adelante los faroles. Cuando el general secretario tuvo que dar su opinión en aquella aciaga mañanera de ocho días después del desaguisado que encueró a lo que queda del Estado y lo hizo abdicar de sus funciones, alcanzó a decir que todo había estado mal diseñado. No podía hacer otra cosa.‎ Ni más pero ni menos.

¿Más copias de los videos que protagonizan los de la Familia Real?

‎Así las cosas, el dichoso operativo de Durazo llegó con un puñado de elementos armados hasta los dientes a apresar a El Ratón Guzmán. Ya encañonado, el malandrín se portó a la altura, con cojones bien puestos. Sólo pidió que lo dejaran echar unos telefonazos para pedir unos videos, y para avisar a sus compañeros que había sido apresado por las fuerzas del orden.

‎Acto seguido, llegaron los videos, de los que seguro existen muchas más copias, en los que se estaban filmados los miembros de la nueva familia real y el Supremo participando en entregas de dinero, para algunos benéficos fines. Al enterarse horrorizados del contenido, los jefes no tuvieron más que recular, para proteger al que paga sus quincenas. Y como el que paga, manda…

La excusa fue responsabilizar a la Fiscalía General de la República

La orden inmediata fue dejar en paz a –ya para esos momentos— don Ovidio Guzmán, pues al fin y al cabo, dijeron a manera de excusa, nunca había llegado la orden de cateo ni la de aprehensión por parte de la monumental Fiscalía General de la República. Pero los compañeros del supuesto rehén no pararon en mientes.

Ellos sitiaron Culiacán en unos minutos y desarmaron a los soldados que habían puesto los cordones, bajo la amenaza de hacer volar los edificios condominales en donde se encontraban las familias militares. Eso si iba a hacer una masacre. Y éste fue el argumento peliculesco que utilizaron los dirigentes del aparato para justificar la rendición incondicional.

No creemos nada hasta que el boletín oficial dice que nada es cierto

Y adiós a las armas, decía Ernest Hemingway, adiós a la posibilidad de asustar a los enemigos, adiós a la responsabilidad latente de velar por la seguridad y por la convivencia de los mexicanos, adiós a toda acción del Estado para detener a toda costa a los agresores de la tranquilidad, a los ejecutores de la integridad nacional y colectiva.

La realidad es que el régimen, el gobierno, las Fuerzas Armadas y el sistema político mexicano fueron chamaqueado por tratar de obedecer a ciegas y sin mapa de ruta a un individuo al que reclamaba la justicia estadounidense. Las razones se ignoran, pero había que hacer el trabajo. Donde manda Capitán no gobierna marinero.

Y como los mexicanos estamos acostumbrados a no creer las cosas hasta que el boletín oficial dice que no fueron ciertas, usted se ha de imaginar lo que piensa esa inmensa mayoría que hoy trae a mal traer al Caudillo de la Cuarta Transformación.

Una caída libre en las calificaciones de aprobación ciudadana y el vértigo que se ha apoderado de quien, hasta hace poco, hacía cera y pabilo con ese cuento de que había sacado 30 millones de votos y decía que era el mayor demócrata de la historia. ‎

Nadie se atreve a responder al embajador gabacho Cristopher Landau

Los amlovers deben estar de luto, no defendiendo la llegada del distractor Evo Morales, un bóxer de bulto, que sólo viene a vivir de nuestros impuestos. No llena ni las gradas de boleto barato.

Por eso, cuando el festejado embajador gabacho Christopher Landau dice que somos un narcoestado, nadie dice ni chus ni mus. Se han perdido ya hasta las formas.

Otro aporte de la Cuarta Transformación a la trágica historia nacional.

¿No cree usted?

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